MÁS ALLÁ DE “El SiFÓN”
Reto de “El Sifón”: de una idea suelta a una cima compartida
Alexander Vargas Sanabria
Nací en Colombia y he tenido la suerte de conocer puertos de montaña espectaculares. Antes de mudarme a Ottawa ya había subido parte de esta ruta, cuando la carretera todavía tenía tramos en construcción. Aun así, me quedó una idea fija: volver y hacer la ruta completa hasta el Alto de Letras.
Cuando se confirmó que viajaríamos a Colombia, esa idea regresó con fuerza. Esta vez, con dos promesas que lo cambiaban todo: la carretera ya estaba completamente pavimentada y enero, casi por tradición, suele regalar días generosos para el ciclismo. Al menos, eso creíamos.
Distancia: 124 km
DESNIVEL POSITIVO: 4.800 m
Una pregunta suelta
“¿Qué tal si vamos todos a hacer este reto?”
La pregunta apareció en conversaciones con miembros de GCC: en eventos, en mensajes de WhatsApp, en esos momentos en los que uno se cruza con la gente correcta y la imaginación se enciende. Y como si los algoritmos también supieran empujar sueños, el chat empezó a llenarse de videos de la ruta, de paisajes, de historias ajenas que, de repente, parecían estar más cerca cada día.
Hasta que un día dejamos de hablar en condicional.
Hacerlo real
“Hagámoslo real” fue el punto de quiebre. Y entonces llegó lo serio: la planificación. Porque los retos no se sostienen con emoción; se sostienen con logística.
¿Cuándo viajar? ¿Cuántos días en Bogotá? ¿Cuándo estar en Mariquita o en Armero para arrancar? ¿Cuántos carros? ¿Cómo coordinar el acompañamiento? ¿Qué llevar para comer? ¿Qué ropa? ¿Qué hacer si el clima cambiaba?
Cada uno fue armando su propio rompecabezas entre trabajo, familia, tiempos y responsabilidades, con una intención común: estar conectados sobre la misma ruta, el mismo día, cargando el mismo reto.
Y sin embargo, la duda mayor no era logística. Era física.
La gran pregunta
¿El entrenamiento indoor alcanza?
Sabíamos que 4.800 metros de desnivel positivo no se regalan. Pero lo que más imponía respeto era otra cosa: pasar más de la mitad del recorrido por encima de los 2.400 metros sobre el nivel del mar. La altura no perdona. Y nosotros no teníamos fórmulas ni atajos para simularla.
Así que nos aferramos a dos frentes: constancia y cabeza. Preparación física sostenida, con lo que permitía el invierno y el indoor, y entrenamiento mental. Cerca de la fecha, incluso, un plan de emergencias: qué hacer y qué no hacer cuando el cuerpo estuviera bajo ese nivel de estrés, en ese nivel de altura.
Dos grupos, dos salidas, una realidad
Queríamos conectar dos grupos:
- Líbano: salida planeada 6:00 a.m.
- Armero: salida planeada 4:30 a.m.
La realidad escribió otra versión:
- Líbano salió a las 5:00 a.m.
- Armero arrancó a las 6:00 a.m.
A veces es imposible controlar todas las variables para que la coordinación sea perfecta. El grupo del Líbano entendió el riesgo de “pasar la noche sobre la ruta” y decidió salir antes.
En Armero, el obstáculo fue más simple y más determinante: el desayuno. A las 3:30 a.m., alimentar a un grupo grande no fue fácil. El lugar no tenía todo listo, pese a que se había reservado la noche anterior. Pequeños detalles que, en un reto grande, pesan como si fueran parte de la montaña.
La última calma
El recorrido empezó con mucha humedad, de esa que te empapa sin necesidad de lluvia. Un tramo llano desde Armero Guayabal hasta el peaje, donde comienza la carretera hacia el Líbano.
Allí nos reagrupamos: últimas indicaciones, recomendaciones, carros coordinados. Y luego, lo inevitable: cada quien entra en su propio túnel. A partir de ahí solo quedaba avanzar. Y volver a vernos al final de la historia.
La montaña, por capítulos
El ascenso desde el peaje fue entre niebla. Mi mirada fija en la línea blanca. Una lluvia tenue que refrescó antes de que el cielo se abriera lo suficiente para mostrar el Líbano: un municipio despierto, agitado por el comercio, vivo.
Saliendo del Líbano el calor cedió. Por un momento pensé que sería un día despejado, de esos en los que vuelves a ver al Nevado del Ruiz. Pero la carretera volvió a cerrarse en niebla y Murillo apareció como una puerta hacia otra dimensión: un río en el aire, a veces torrentoso, a veces sereno.
De Murillo al Sifón el frío dominó las sensaciones. La altura y la falta de sueño empezaron a hablar. Después de los 3.200 msnm el paso se volvió cansino, las rampas duras se hicieron eternas y por momentos parecía que todo flaqueaba.
Llegas a ese punto en el que crees que lo duro ya pasó. Estás sobre los 4.150 msnm (El Sifón) y te permites pensar en el descenso. Pero no. Ascenso es lo que falta.
Incertidumbre
El tramo del Sifón al Alto de Letras lo llamé incertidumbre. Una carga pesada hecha de dos cosas que se mezclaron mal: la confianza de creer que desde ahí en adelante “se ponía fácil”, y la esperanza de ver por fin cómo los cuentakilómetros empezaban a bajar… hasta que, de repente, parecían reiniciarse y volver a empezar.
Incomunicados… pero juntos
Lo curioso es que, siendo “los más intercomunicados”, esa vez quedamos incomunicados. No pudimos hablar ni intercambiar mensajes sobre la ruta. La ubicación en vivo nunca funcionó.
Y aun así, la cima nos juntó.
Fue un encuentro breve, emotivo e inmanente: no duró mucho, pero se quedó para siempre. Un logro compartido, una memoria construida en altura.
Más allá de El Sifón
El viernes 30 de enero de 2026 nos dejó más que números. Nos dejó una historia hecha de planificación, dudas, decisiones, clima cambiante y un grupo que se conectó para vivir la montaña como se vive lo grande: con respeto y fraternidad.
El reto fue llegar, sí. Pero también fue convertir una idea suelta en una realidad, y comprobar que, incluso incomunicados, se puede estar juntos cuando se comparte un propósito.
Aprendizajes claros
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La preparación se nota, incluso cuando se construye a miles de kilómetros (en invierno, en rodillo, con estructura).
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La altura manda y obliga a respetar el ritmo.
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La comunidad sostiene, empuja y hace la experiencia más grande.
Participantes
Éramos 12 ciclistas, cada uno viviendo su propia versión del reto:
- Alejandro: Armero → Líbano (Bogotá)
- David: Armero → Murillo (Bogotá)
- Edwin: Armero → Murillo (Bogotá)
- Christian: Armero → Cruce Manizales (Ottawa)
- Nestor: Armero → Alto de Letras (Bogotá)
- Laura: Armero → Alto de Letras (Ottawa)
- Jose: Armero → Alto de Letras (Gatineau)
- Alexander: Armero → Alto de Letras (Ottawa)
- Humberto: Líbano → Alto de Letras (Gatineau)
- Victor: Líbano → Alto de Letras (Gatineau)
- Juan David: Líbano → El Sifón (Bogotá)
- William: Líbano → Río Lagunilla (Bogotá)
Soporte y acompañamiento:
- Constanza, nuestro apoyo maternal en la ruta.
- Diana, siempre conmigo, en cada idea; quien cree más en mí que yo mismo.
Dos formas de llegar al Alto de Letras (y por qué esta ruta es otra liga)
| Característica | Ruta desde Mariquita | Ruta desde Armero |
|---|---|---|
| Longitud total | ~80–82 km | ~115–124 km |
| Altitud inicial | ~490 msnm | ~350–370 msnm |
| Altitud máxima | ~3.600–3.700 msnm (Letras) | ~4.150 msnm (El Sifón) |
| Desnivel positivo acumulado | ~3.800 m | ~4.800 m |





