Ultrafondo 2026: the plan worked because we knew how to change it

Alexander Vargas Sanabria

Creo que el Ultrafondo 2026 de GCC empezó realmente cuando terminó el de 2025.

Para Laura, José y para mí, aquella edición había dejado un sinsabor. Habíamos roto nuestras marcas personales de distancia, pero no habíamos alcanzado la meta que nos propusimos. Al final fui yo quien tomó la decisión de detener el intento. Nos quedaban kilómetros por recorrer en una vía que no estaba en buenas condiciones y la baja luminosidad iba a convertir la parte final en un riesgo que, como grupo, no tenía sentido asumir.

Distance: 418 km

ELEVATION GAIN: 3.918m

TIME: 15 hrs

Fue una decisión difícil. Cuando vas a la cabeza de un grupo, a veces te corresponde tomar decisiones que no necesariamente son las que todos quieren escuchar en ese momento. Por eso, casi desde ese mismo día, los 400 kilómetros de 2026 empezaron a existir en nuestras cabezas.

Una ruta distinta para un nuevo intento

Las dos ediciones anteriores del Ultrafondo habían tenido a Mont-Tremblant como uno de sus destinos principales. Para 2026 queríamos cambiar la lógica de la ruta.

La idea esta vez era construir un gran loop que nos permitiera terminar en el Parque de la Gatineau, probablemente el lugar más representativo de nuestros entrenamientos como club y uno de los escenarios donde más kilómetros hemos compartido.

José se encargó de diseñar el recorrido y durante el lanzamiento de temporada presentamos una ruta principal cercana a los 400 kilómetros y varias alternativas para quienes quisieran participar haciendo distancias menores. La intención era que no existiera un único Ultrafondo. Algunos podrían salir desde otros puntos, incorporarse durante el camino y compartir una parte del recorrido con quienes intentáramos completar la distancia total.

Poco a poco aparecieron los interesados en las rutas de aproximadamente 180, 250 y 400 kilómetros. Discutimos alternativas, revisamos el recorrido y ajustamos detalles.

Pero la lista definitiva de participantes, los puntos de reabastecimiento, los carros de soporte y buena parte de la logística terminaron de tomar forma apenas una semana antes del evento.

El plan estaba listo. O, al menos, tan listo como puede estar un plan para un día de más de 400 kilómetros.

3:30 de la mañana

El 15 de agosto de 2026, Laura llegó a mi casa alrededor de las 3:05 de la mañana.

Desde allí salimos hacia P3, en el Parque de la Gatineau, nuestro punto de partida. A las 3:30 nos encontramos con José y Ashley. Éramos cuatro los que salíamos desde allí con la intención inicial de completar el recorrido completo.

Había, sin embargo, una historia adicional que hacía especialmente importante ese comienzo.

Laura venía recuperándose de una lesión que había afectado seriamente su preparación durante las semanas anteriores. Esa misma lesión había condicionado su participación en el Ironman de Ottawa. Logró terminarlo con muchísimo esfuerzo, incluso caminando los últimos kilómetros, pero llegó al Ultrafondo con dudas físicas y mentales sobre lo que podría hacer.

Yo había sido una de las personas que la animó a intentarlo, pero siempre con una condición clara: estar en la salida no significaba tener que llegar al final a cualquier costo.

Si su cuerpo decía que no, el plan tenía que cambiar.

Y eso terminaría siendo importante unas horas después.

Los primeros 100 kilómetros ya estaban cobrando

La madrugada fue fría y con poca visibilidad. A eso se sumaba que el inicio de la ruta tenía una sucesión de repechos que no parecían especialmente amigables para alguien que sabía que todavía le quedaban cientos de kilómetros por delante.

Laura comenzó a pagar ese esfuerzo desde temprano. Yo percibía que no iba en su mejor día, pero no quería presionarla ni convertir cada dificultad en una pregunta sobre si podía continuar. Seguimos avanzando.

Alrededor del kilómetro 100 llegó uno de los momentos que habíamos esperado desde la salida: el encuentro con el primer grupo.

Allí estaban Luis, Danilo, Ronal, Humberto, Víctor y Néstor, el papá de José quien vino desde Colombia a cumplir el reto junto a su hijo. Y junto a ellos estaba algo igualmente importante: el primer carro de soporte con sándwiches, frutas, bebidas y agua, nuestro desayuno.

En un recorrido de esta distancia, encontrarte con más amigos cambia el ánimo. Dejas de sentir que estás enfrentando una ruta inmensa y empiezas a verla como una sucesión de encuentros.

Después de comer, parte de ese grupo arrancó unos minutos antes. Nosotros salimos detrás con Ashley, Danilo, Laura, José y yo.

Pero Laura comenzó a perder contacto. El ritmo se redujo y cada vez era más evidente que la lesión estaba poniendo un límite que las ganas no podían resolver.

Alrededor del kilómetro 145 tomó la decisión de subir al carro de soporte.

En un primer momento fue duro. Había tristeza, naturalmente. Había querido estar ahí y había trabajado para regresar.

Pero pasó algo que terminó siendo una de las historias más bonitas del día.

Laura no abandonó el Ultrafondo. Cambió de papel.

De ciclista a parte fundamental del soporte

Poco después de subir al carro, su ánimo cambió. Sentí que había dejado de pensar únicamente en los kilómetros que ya no iba a poder pedalear y empezó a involucrarse en lo que podía hacer para que los demás siguiéramos avanzando.

Terminó convertida en una de nuestras principales personas de apoyo: ayudando con la comida, las bebidas, la logística y, sobre todo, con el ánimo.

Para nosotros también fue importante verla así. Saber que estaba tranquila nos permitía continuar sin cargar con la preocupación de que estuviera forzando una lesión solamente por terminar el reto.

Y junto a ella estaban Luchi y Juan Felipe, cada uno a cargo de uno de los vehículos de soporte.

Es difícil explicar cuánto cambia una jornada así cuando sabes que unas decenas de kilómetros más adelante alguien te está esperando.

Llegábamos y aparecían ellos con la comida, las bebidas y buscando lo que necesitábamos antes incluso de que termináramos de bajarnos de la bicicleta.

En algún momento se los dije: me sentía VIP. No exageraba demasiado.

Mientras nosotros pedaleábamos, ellos estaban haciendo su propio Ultrafondo.

Un grupo que se iba construyendo sobre la ruta

Después de que Laura subiera al carro, José, Ashley, Danilo y yo nos agrupamos. El ritmo aumentó y empezamos a buscar al grupo que llevaba unos minutos de ventaja.

La dinámica del día comenzó a repetirse: conectar, rodar juntos, parar, reorganizarnos y volver a salir.

Alrededor de los 200 kilómetros llegamos a Mont-Laurier, donde nos esperaba otro grupo integrado por José Aquiles, Francisco, Juan Sánchez y Andrew.

Allí hicimos la parada más cercana a un almuerzo.

Y digo “parada metro” 🤭 porque una de las cosas que mejor funcionó este año fue precisamente no convertir los reabastecimientos en descansos eternos.

Comíamos, recargábamos los bidones, organizábamos lo necesario y volvíamos a la carretera.

Después de lo aprendido en otras salidas, no queríamos que un restaurante cerrado, una espera demasiado larga o un cambio de horario terminara decidiendo por nosotros cuándo podíamos comer.

Más adelante llegamos a Maniwaki, el punto que marcaba el giro de la ruta y el comienzo del regreso.

Allí se incorporaron Anderson y Jonathan, que habían salido desde Gatineau Park y habían organizado su recorrido de forma distinta para encontrarnos en Maniwaki y regresar con nosotros.

Recargamos bidones, comida y lo necesario para las siguientes horas. Para entonces el Ultrafondo ya no era el reto de cuatro personas que habían salido de P3 a las 3:30 de la mañana.

Era un grupo mucho más grande, construido por etapas a lo largo de la ruta.

Y desde Maniwaki empezábamos, por fin, el camino de regreso.

Los 28 kilómetros que casi nos perdemos

Uno de los mejores momentos del recorrido comenzó en Messines.

Desde allí teníamos la posibilidad de continuar por la Véloroute des Draveurs durante aproximadamente 28 kilómetros hasta Gracefield, pasando junto a Lac Blue Sea y Lac Grant y por poco no lo hacemos.

A esas alturas ya había quienes pensaban, con bastante lógica, que lo mejor era buscar la opción más rápida. Todavía quedaban muchos kilómetros y cada minuto empezaba a importar.

Durante unos momentos dudamos si valía la pena mantener ese tramo de la ruta.

Finalmente decidimos hacerlo.

Y terminó siendo una de las mejores decisiones del día.

La Véloroute nos llevó entre agua, vegetación y sectores en los que la sensación era completamente diferente a la de las carreteras por las que habíamos pasado durante buena parte de la jornada.

Creo que, casi sin hablarlo, bajamos un poco el ritmo. No porque no pudiéramos ir más rápido. Porque queríamos mirar.

Después de tantas horas pendientes del ritmo, la comida, los bidones, los relevos, los kilómetros y los tiempos, durante un rato simplemente disfrutamos de estar allí.

Al terminar el día, varios coincidíamos en lo mismo: aquel tramo que habíamos estado a punto de evitar para ahorrar tiempo terminó siendo uno de los mejores 28 kilómetros de toda la ruta.

El grupo también tenía que poder dividirse

Desde Maniwaki y durante buena parte del regreso conseguimos rodar como un grupo bastante compacto. Pero no siempre. Por momentos terminamos separados en dos grupos, generalmente con unos cinco minutos de diferencia, pero estuvo bien.

En lugar de intentar imponer un único ritmo a personas que llevaban distancias y esfuerzos diferentes, dejamos que cada grupo encontrara una velocidad que funcionara.

Quien tenía piernas podía hacer relevos más largos. Quien necesitaba recuperar podía reducir su turno. Los carros de soporte seguían sabiendo dónde encontrarnos y la comunicación se mantenía.

Seguíamos haciendo el mismo Ultrafondo. Simplemente dejamos de intentar hacerlo todos exactamente de la misma manera.

Uno a uno, cada reto encontraba su final

Desde Gracefield continuamos hacia Low y después hacia Wakefield. Las paradas fueron cortas: agua, alimentación, reorganización y otra vez a la bicicleta.

En Low, Néstor terminó su recorrido.

En Wakefield finalizaron Humberto y Víctor.

Cada uno había llegado con una distancia distinta en la cabeza y eso era precisamente parte del diseño del evento: compartir una misma jornada sin necesidad de que todos tuviéramos la misma meta.

Ashley, en cambio, había salido desde P3 con nosotros y todavía tenía en mente completar el recorrido largo, pero la noche volvió a poner sobre la mesa aquello que ya habíamos aprendido en 2025. Sus luces se descargaron y, en sus propias palabras, también empezaba a quedarse sin batería ella. Cerca de Chelsea, en la zona de la estación de bomberos sobre Chemin de la Rivière, su esposo la recogió.

La seguridad seguía siendo parte del plan.

Volver al Parque de la Gatineau después de más de 300 kilómetros

Al llegar a Chelsea, el grupo volvió a dividirse.

Parte de quienes seguían rodando tomó la ruta hacia P3 por fuera del Parque de la Gatineau.

José y yo todavía teníamos pendiente completar el recorrido que habíamos trazado para superar los 400 kilómetros, así que entramos al parque por Kingsmere.

Nos acompañaron Danilo, José Aquiles y Ronal. A esas alturas del día, el parque que tantas veces habíamos recorrido entrenando se sentía completamente distinto.

En la subida de Fortune tuve mi momento más difícil. Sentí un bajón fuerte de energía y pensé en lo diferente que es afrontar esa subida en un día normal y hacerlo cuando ya tienes cientos de kilómetros en las piernas.

El silencio se apoderó del grupo. Bueno, de casi todo el grupo. Danilo iba como un parlanchín, reclamando porque ninguno de nosotros hablaba.

Poco a poco fui encontrando el ritmo y entonces apareció uno de esos pequeños momentos que, después de tantas horas, declaro completamente innecesarios 🤭: Danilo y yo tuvimos un nuevo impulso y terminamos subiendo a muy buen paso, hasta que aparecieron las luces fantasma —un cuento aparte— y nos salió un sprint final hacia Champlain Lookout.

Allí nos reagrupamos e hicimos un descenso tranquilo por King Mountain rumbo a P3. En algún punto nos dimos cuenta de algo: ya habíamos superado nuestro reto antes incluso de llegar al destino.

“Buena, papu”.

“Los amo”.

“Eso, carnales”.

“Bravo, chiquitas”.

Se escuchó en todo el parque.

P3

Cuando llegamos, estaban esperándonos.

Pizza. Bebidas. Amigos. Familias. Los carros de soporte. Quienes habían terminado antes. Quienes habían pedaleado una parte de la ruta. Quienes nos habían acompañado durante todo el día sin montar una bicicleta.

Mi actividad terminó marcando 418,01 kilómetros, 3.953 metros de desnivel positivo y 15:26:13 en movimiento.

Pero los números cuentan solamente una parte.

Para mí, la diferencia con 2025 fue enorme.

El año anterior había terminado sabiendo que había tomado una decisión correcta, pero también con la sensación de que algunas personas me habían juzgado por detener el intento.

Esta vez regresamos al mismo parque después de haber hecho exactamente aquello que aprendimos entonces que había que hacer. Nos adaptamos.

Todos quienes participaron consiguieron su propio reto y nuevas marcas de long ride.

Y José y yo, un año después de aquella decisión difícil, pudimos regresar a P3 habiendo superado finalmente los 400 kilómetros… Sabemos que pronto lo intentaremos nuevamente junto a Laura. 

El plan funcionó porque podía cambiar

Durante meses pensamos en la ruta, la alimentación, los horarios, las luces, los puntos de encuentro y las distancias. Todo eso fue importante.

Pero el Ultrafondo no salió bien porque seguimos el plan exactamente como estaba escrito. Salió bien porque supimos cambiarlo sobre la marcha.

Porque Laura pasó de ciclista a soporte y encontró otra manera de ser fundamental durante el día.

Porque dejamos de lado la idea de mantener un único grupo y nos dividimos cuando los ritmos dejaron de coincidir.

Porque la seguridad siguió estando por encima de la necesidad de demostrar algo.

Porque casi nos saltamos los mejores 28 kilómetros de la ruta por querer ahorrar tiempo, y precisamente ese tramo terminó recordándonos por qué estábamos allí.

Quedó la pizza, el cansancio, nuestros amigos esperándonos y la satisfacción de saber que, entre todos, habíamos encontrado la manera de llegar.

Los ciclistas y sus retos

Una de las ideas del Ultrafondo era que no todos necesitaran recorrer la misma distancia para hacer parte de la jornada. Cada uno podía incorporarse desde un punto distinto, encontrar al grupo en la ruta y construir su propio reto.

Ciclista Ruta Distancia (km)
Laura Gatineau Park – Notre Dame du Laus 143
Francisco Mont-Laurier – Gatineau Park 185
Juan S Mont-Laurier – Gatineau Park 185
Andrew Mont-Laurier – Gatineau Park 185
José A Mont-Laurier – Gatineau Park 206
Néstor Poltimor – Maniwaki – Low 237
Humberto Poltimor – Maniwaki – Wakefield 258
Víctor Poltimor – Maniwaki – Wakefield 258
Anderson Gatineau Park – Maniwaki – Gatineau Park 259
Jonathan Gatineau Park – Maniwaki – Gatineau Park 259
Luis Val-Des-Voys – Maniwaki – Gatineau Park 260
Danilo Val-Des-Voys – Maniwaki – Gatineau Park 300
Ronal Poltimor – Maniwaki – Gatineau Park 300
Ashley Gatineau Park – Maniwaki – Chelsea 361
Jose Gatineau Park – Maniwaki – Gatineau Park 418
Alexander Gatineau Park – Maniwaki – Gatineau Park 418

Staff de soporte: Juan Felipe, Luchi y Laura, después de cambiar su rol durante la jornada.

Datos de mi actividad

Fecha: 15 de agosto de 2026
Distancia: 418,01 km
Desnivel positivo: 3.953 m
Tiempo en movimiento: 15:26:13
Tiempo acumulado en ascenso: 5:50:02
Participación del ascenso sobre el tiempo total: aproximadamente 38 %

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